Thursday, November 24, 2011

Francesca Woodman Poetic Project (La idea)

Francesca Woodman Poetic Project

Foto: Ángel Muñoz
Modelo: Nares Montero

La gente que me conoce bien sabe que soy amigo de proyectos arriesgados o "suicidas". Hace años que me quedé enganchado a las imágenes de una chica llamada Francesca Woodman. Llegué a aquellas fotos a través de un artículo del diario El País.
Y después surgió la idea de hacer un libro, una ESPECIE DE HOMENAJE, con amigos poetas, que colaboraran con textos basándose en fotos de la fotógrafa. En fotos que les comunicaran algo, en fotos que les impactaran de tal manera que les provocara un impulso poético.
La idea, suicida de antemano, tuvo cierta acogida entre varios autores que se entregaron en cuerpo y alma a este proyecto. Ésta y las siguientes entradas de este blog servirán para reflejar  todas las colaboraciones que llegaron a mi correo día tras día durante un par de meses. Meses en que todos fuímos poseídos en mayor o menor grado por el espíritu de la Woodman.
A veces no sé que es lo que me lleva a hacer estas cosas, pero, la verdad, es que me hacen sentir especialmente vivo.
Y antes de entrar en el proyecto en sí, demos unas vueltas alredededor del fenómeno emocional llamado FRANCESCA WOODMAN.

José Manuel Vara (24/11/2011)

  


REPORTAJE: FOTOGRAFÍA




Un espejo roto


Francesco Manetto 16/03/2008
Sensibles, intensas, femeninas. Las imágenes de Francesca Woodman, homenajeada por la revista ‘C. International Photo Magazine’, tejen vidas tan libres como la suya, que acabó en suicidio a los 22 años. Sus autorretratos, expuestos en el MOMA y en el Metropolitan Museum, se han convertido ya en objeto de culto.


Y un día más desperté sola en estas sillas blancas”. Fin de la historia. En 10 palabras comienza y termina todo. O no. Porque sólo se trata de una transición hacia otra historia. Un instante entre muchos. Esta especie de microrrelato acompaña una imagen en blanco y negro captada por Francesca Woodman en 1979: una mujer encorvada sobre la mesa, un plato, una cuchara, una taza vacía y, sentado enfrente, un hombre inmerso en la lectura de un periódico. ¿Quién es esa mujer que aparece en la foto en camisón y con el pelo recogido en una trenza? Y el hombre, cuya cabeza se encuentra fuera de campo, ¿está realmente leyendo el periódico, como parece, o de soslayo mira a su compañera de desayuno? Lo único que sabemos es que alguien se despierta solo en una silla blanca. Un día más. Nos lo promete Francesca con una frase. Todo lo demás es un universo sugerido. Un cuento misterioso y evocador. Los conservadores del MOMA, del Metropolitan Museum de Nueva York o de la Fondation Cartier pour l’Art Contemporain de París lo definen con una palabra clave, la más importante para un creador: arte.


Para repasar su trabajo, los historiadores se han servido de la memoria de los padres y de su pequeño diario rosa
"Los pasteles son mi forma de arte favorita. Yo preparo unos magníficos panecillos de jengibre"



La libertad tenía, para Francesca, un sentido primordial: hacer, fotografiar y escribir sólo lo que le apetecía
De la misma manera, una de las pocas cosas que sabemos a ciencia cierta de esta fotógrafa estadounidense es que nació el 3 de abril de 1958 en Denver (Colorado) y que en enero de 1981 decidió poner fin a su vida lanzándose desde una ventana en el Lower East Side de Manhattan. En medio quedan menos de 23 años, centenares de instantáneas y una producción artística tan intensa que la sitúan ya entre los mitos de la fotografía del siglo XX y al mismo tiempo dan fe de su sensibilidad particular. Porque su visión no tiene nada que ver con la fotografía de guerra de Robert Capa, el espíritu documental de Cartier-Bresson o las inquietudes de Diane Arbus. Lo suyo, como apunta el crítico francés David Levi-Strauss, es un “deseo revolucionario de romper los códigos de las apariencias y mirarlas a través de un espejo”.





Pero ¿quién fue realmente Francesca Wood¬man? Para intentar recorrer su vida y repasar ese trabajo, los historiadores se han servido de la viva memoria de sus padres, los artistas plásticos George y Betty Woodman (que ahora gestionan un archivo de más de 800 imágenes, 120 de las cuales han sido expuestas o publicadas), algunos testimonios directos de la autora –cartas, postales, reflexiones escritas en un pequeño diario rosa– y, por supuesto, fotografías que rezuman una especie de vida propia. Ese camino empezó con un autorretrato en 1972, cuando, a los 13 años, Francesca decidió inmortalizarse con una cámara Rolleiflex de medio formato. Después vendrían los primeros desnudos: mujeres perdidas en los bosques de Massachusetts o en una habitación anodina, una especie de ninfa contemporánea en la orilla de un río, personajes misteriosos tapados tan sólo con una máscara de conejo, instantáneas realizadas con exposiciones largas y ejercicios de estilo. Experimentación. Porque la trayectoria de esta joven fotógrafa resultó muy marcada por los estudios y la influencia de sus padres. Empezando por los viajes.




La infancia de Francesca transcurrió entre Boulder, un pueblo de Colorado, y Antella, una aldea de la campiña toscana frecuentada por artistas y exponentes de la alta sociedad de Florencia. Más tarde, sus padres la inscribieron en un instituto privado de Massachusetts, donde empezó a desarrollar su particular visión de la fotografía, y después en la Escuela de Diseño de Rhode Island, en Providence, donde aprovechó la oportunidad de un intercambio de un año con la Academia de Bellas Artes de Roma. La joven Woodman nunca llegó a ganarse la vida como fotógrafa. Su universo estaba hecho de estudios y crecimiento, artístico o personal. Y en muchos casos, dudas y tribulaciones. Para intentar comprender qué le pasaba por la cabeza durante la adolescencia, sirvan estos pasajes de su diario, escritos en el otoño de 1975, en los que habla de sí misma tanto en primera como en tercera persona: “[…] Una parte de este libro contiene ideas que quiero organizar en series. Intento seguir la huella del cambio de la moral de Francesca y contar lo que he hecho. La lista de alimentos que he comido, por ejemplo […]. Los pasteles son mi forma de arte favorita; yo preparo magníficos panecillos de jengibre, trufas de chocolate, pasteles de melocotón y flanes de zarzamora. No hay nada más relajante que quedarse a solas con un buen libro de cocina y las palabras!”. Meses más tarde, Francesca tenía una actitud más negativa: “Esta noche no estoy contenta. Pienso y hablo a menudo de mi detestable tendencia al romanticismo. Creo que el esfuerzo de deshacerme de esta actitud en mi trabajo ha tenido un extraño efecto en mi vida… La fotografía es también una manera de conectar con la vida. Hago fotos de la realidad filtradas a través de mi mente”, cuenta unas páginas antes de explicar con toda naturalidad las “seis formas de comer naranjas”.




Esa realidad filtrada de forma tan personal ha dado pie a un trabajo fascinante, cautivador, en el que sus series de instantáneas, que muchos han calificado de ensayo fotográfico, en realidad van más allá del género. Según el crítico británico Chris Towsend, que hace la introducción de un volumen antológico editado por Phaidon en 2006, en el instinto y las intenciones de Woodman yace el fuego del arte surrealista. “Muchas fotografías de Woodman le deben algo al trabajo de otro, desde las más antiguas tradiciones del arte moderno, como el surrealismo, hasta sus contemporáneos o maestros… Lo que no significa que sus fotografías sean necesariamente derivaciones o copias”, apunta. La misma Francesca, tal vez consciente de ese proceso, se pregunta en sus notas: “Alguien me dice algo acerca una fotografía que no he hecho nunca y, de repente, yo decido fotografiar ese algo. ¿Es un plagio?”. La respuesta se la dio, más de 30 años después, el análisis de Towsen: “La historia del arte es algo que los artistas descubren y ante la cual intentan reaccionar. Woodman no fue un genio inculto que brotó de repente… Su gran capacidad fue transformar su compromiso con la historia del arte y sus influencias en imágenes que eran algo más, algo más que simples imágenes”, explica antes de definir a la artista como una autorretratista consciente de una larga tradición que va de Durero a Rembrandt, pasando por Caravaggio.




Femeninas, sensuales, intensas, a veces dramáticas, pero nunca desesperadas. Así, la mayoría de las imágenes de Francesca parecen tejer un mundo deliberadamente enigmático que le ha valido, junto con una turbulenta estancia en Roma y el epílogo del suicidio, también una fama de fotógrafa con aura maldita. El escritor Philippe Sollers la sitúa, a ese respecto, “en un extraño mundo de antifotografía”. “Sólo hace falta ver cómo se presenta a sí misma: desnuda, sentada sobre sus rodillas, en Roma, en el rincón de una pared, vuelta hacia un lirio blanco en primer plano. […] No me gusta Francesca Woodman, pero la admiro… ¿Qué ocurre hoy? El sida, el desempleo, Hillary Clinton, los Oscar, Cannes, las madres solteras… El mercado impone la fotografía y prohíbe la antifotografía, que, en cambio, es la voz de la libertad”, escribía en 1998. Y la libertad tenía, para Francesca, un sentido primordial: hacer, fotografiar y escribir sólo lo que le apetecía. Rechazar lo esperado. Como en su diario, que, a pesar de los viajes y las estancias en lugares fascinantes, nunca menciona las muy fotogénicas fuentes de Roma ni el ritmo frenético de la Gran Manzana. “Francesca escribía cosas sobre su mundo personal, que viajaba con ella”, apunta el padre, George.
Ese espiritual mundo es exactamente el que evoca Sloan Rankin, un viejo amigo de Francesca: “Durante nuestro primer año en el college me apunté a un curso de poesía. Entonces, Francesca escribió en su cuaderno: ‘Soy el fantasma poético de Sloan… Eso me permite masticar unos pensamientos”. Por ejemplo, las ideas reflejadas en los versos de un poema que termina así: “Y se me había olvidado de cómo se lee música”. Otra vez, fin de la historia. Sin embargo, también estas 10 palabras se convirtieron en el título de una fotografía: un pentagrama en el palmo abierto de la mano derecha, unas cortinas colgando junto a una ventana que sólo se intuye, un collar y un vestido primaveral. Y fuera de campo, unos ojos que quizá intentan huir. Hacia otra imagen, su enésimo cuento soñado.



Vida y muerte de Francesca Woodman


Una película documental y varias exposiciones indagan en la precoz fotógrafa suicida

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS - Madrid - 26/01/2011

Un ego obsesivo y una frágil personalidad coexistían en Francesca Woodman, la fotógrafa estadounidense que se suicidó en 1981 a los 22 años dejando tras de sí mucho más que la promesa de un misterioso talento. Desnudos fantasmagóricos, juegos surrealistas y una sexualidad tan ansiosa como etérea: probablemente pocos han visto el desasosiego femenino con la lucidez de esta niña-artista fruto de un sólido matrimonio bohemio (ella ceramista y escultora, él pintor y fotógrafo) que vio como el hermoso retrato familiar se hacía trizas con la violenta muerte de su hija pequeña, quien para añadir más dramatismo a la escena no se conformó con una muerte discreta sino con un aparatoso salto al vacío desde su casa del Lower East de Manhattan que le desfiguró su preciosa cara.



Tráiler del documental 'The Woodmans'


VIDEO - LORBER FILMS - 26-01-2011

Recién estrenado en el Film Forum de Nueva York, este documental indaga en la historia de la familia de Francesca Woodman, fotógrafa estadounidense que se suicidó en 1981 a los 22 años - LORBER FILMS
Su corta vida y su enorme obra (se sabe que sus padres poseen un archivo de más de 800 fotografías) podrían encontrar la madurez ahora gracias a una película documental, The Woodmans , y a varias exposiciones en el Reino Unido y EE UU. La más importante, en el Museo de Arte Moderno de San Francisco, viajará en 2012 al Guggenheim de Nueva York.
Francesca Woodman se crió y formó entre EE UU e Italia. Fue una niña americana en la Toscana, rodeada de amigos artistas de sus padres, y una adolescente becada en Roma. Probablemente su gusto por los escenarios bucólicos y decadentes no se entiende sin ese contacto con el viejo mundo. Empezó a hacer fotografías a los 13 años, en blanco y negro, de pequeño formato y casi siempre con ella misma como protagonista. Imaginaba libros para aquellas imágenes que pegaba en sus cuadernos y diarios. La naturaleza (ramas, bosques, pájaros...) y las casas (paredes, muros, ventanas...) jugaban un papel fundamental en la composición, había algo siniestro en aquella densidad simbólica, historias llenas de melancolía y tristeza con ella como único centro de todo. Solo llegó a publicar un libro, Algunas geometrías interiores desordenadas.
Francesa se suicidó cinco días antes de que su padre, George Woodman, inaugurara en el Guggenheim de Nueva York una importante exposición colectiva. La sombra de la hija no ha abandonado a los padres, que desde su muerte se han dedicado al legado de una artista que pese a su corta edad es para muchos clave en la modernidad crepuscular del siglo XX. The Woodmans se estrenó la semana pasada en el Film Forum de Nueva York e indaga en la historia de esta familia alejándose del drama. Dirigida por C. Scott Willis, se documenta con entrevistas a los miembros de la familia (los padres y su hermanos mayor), amigos y estudiosos de la obra de la artista. Además incluye parte de su obra más desconocida.





"Creo que mi mayor sorpresa fue poder leer sus diarios y cuadernos y ver sus trabajos en vídeo", explica el director del filme. "En ellos descubres que su obra es mucho más vital de lo que parece y que no tiene tanto que ver con la ausencia como con la celebración de la vida. Creo, como dice su hermano en la película, que el arte era una religión para ella y su familia. Y quizá es ahí donde surge el problema". Para Scott Willis el arte no mató a Francesca Woodman sino que la sujetó a la vida, pero fue cuando empezó su crisis creativa y empezó a mermar su capacidad de trabajo (directamente relacionadas ambas con sus crisis emocionales) cuando la artista entró en el profundo desequilibro que acabó con su vida. "Fue enormemente prolífica de niña, pero sus problemas psicológicos le empezaron a robar espacio a su obra. Pese a lo que se dice, hay alegría en su trabajo porque era el arte lo que la mantenía viva".



Drogas, desamores


En sus diarios, la fotógrafa empieza a dejar ver sus grietas, las drogas, los desamores. El director de The Woodmans dice que su aproximación no es la de un crítico sino la de un biógrafo y que fue difícil entrar en el ámbito reservado de esta familia, para los que el arte es un ejercicio obsesivo y monacal. Cada día, cada uno de sus cuatro miembros se encerraba en el estudio a crear como quien entra cada mañana en una fábrica. De esa intensa relación con la inspiración nace esta niña prodigio. "Conocí a los Woodmans en un acto público, me acerqué a ellos porque mi hija es una artista muy admiradora de la obra de Francesca. Lo que yo no sabía entonces es que estaba muerta".
Desconocida en vida, la fotógrafa empezó a ser conocida en 1986, cinco años después de su muerte, gracias a la primera exposición de su obra, en el Wellesley College. Francesa Woodman vivió convencida de que tenía un destino. Para muchos está cifrado en sus fotografías, para otros está oculto en ellas.











Tuesday, November 22, 2011

Marina Abramovic

Marina Abramovic
Marina Abramovic




Marina Abramovic

Belgrado (Serbia y Montenegro), 1946


Los trabajos más conocidos de Marina Abramovic son sus performances, objetos, vídeo-instalaciones y acciones registradas para dramatizarse en escenografías de fuerte barroquismo conceptual. El eje de su producción se halla en su propio cuerpo, un territorio para la experimentación y el cambio, soporte de toda su trayectoria artística.
En sus inicios, la artista trabaja en solitario, y tras un breve contacto con las instalaciones sonoras, comienza a realizar sus primeras performances -Rhythm 4, Rhythm 5, 1974; Rhythm 10, 1975- que estuvieron salpicadas por el escándalo. Siguiendo la idea -común a todos los performers- de sentir el mundo a través de la experiencia personal del cuerpo, la artista trató de indagar en los límites de la resistencia moral y física, reflexionando sobre los patrones de comportamiento de la mente y el organismo. Su idea era establecer un diálogo energético con los espectadores.
A partir de 1975, y hasta 1988, Marina Abramovic comienza a trabajar con Ulay. Pocas veces en la historia del arte una relación afectiva entre dos artistas ha dado tantos frutos a nivel creativo. Su complicidad y atracción, así como su excelente sintonía y entendimiento, les hizo crear un núcleo de trabajo centrado en su propia relación como pareja. En performances como Relation Work de 1976, o Interruption in Space, de 1977, Abramovic y Ulay reflexionaban sobre las condiciones dualísticas en las que crecía su relación: hombre/mujer, soledad/compañía, deseos/prohibiciones. Cierra este periodo su última acción en conjunto: The Lovers de 1988 donde aparece de nuevo la idea de desgaste físico, pero también emocional: en apenas tres meses, y cada uno desde un extremo, recorrieron la Gran Muralla China -unos dos mil kilómetros. Cuando se encontraron en el centro, la pareja consumó su separación.
Tras su ruptura, Abramovic inicia una nueva etapa. Influida por una larga estancia en el estado brasileño de Minas Gerais, comienza a realizar instalaciones objetuales, abriendo un nuevo campo de trabajo con Transitory Objects. Desde 1992, recuperó su labor como performer, continuando con los intereses de sus primeras acciones al concebir la performance como un espacio para la liberación de los fantasmas personales, pero también como un modo de relacionarse con la realidad (Dragon Heads, 1992-1994; Cleaning the House, 1995; The Onion, 1996; o Balkan Baroque, 1997). En esta última, León de Oro en la Bienal de Venecia, la artista construyó una escenografía cargada de potentes medios expresivos. En una sala en semipenumbra, sólo iluminada por tres pantallas de vídeo con la imagen de sus padres en silencio y de Abramovic recitando fríamente un informe sobre las ratas-lobo, la artista amontona en un rincón más de dos mil kilos de huesos con restos de carne. Sobre este osario, cargado de connotaciones simbólicas por las luchas fraticidas de los Balcanes, Abramovic despliega su emotiva y conmovedora performance: lentamente, y sumida en un reflexivo autismo, va limpiando los restos de la carne todavía pegada a los huesos.
Marina Abramovic, en los últimos años, no ha dejado de experimentar sobre los códigos artísticos a través del empleo de los nuevos soportes proporcionados por los avances técnicos, vídeo, cine, instalación- demostrando una coherente evolución hacia la madurez en los registros expresivos empleados.

The Lips of Thomas, 1975-1997

FICHA TÉCNICA

Lips of Thomas, 1975-1997

Color Cibachrome, 123,5 x 123,55 cm, Adquisición: Junio de 2003, Procedencia: La Fábrica Galería, Madrid (España), Edición 7/7 + 2 P.A.
Esta pieza de Marina Abramovic constituye un registro fotográfico de la artista yugoslava relacionado con una de las performances realizadas en la década de los setenta, durante su período en solitario, 1970-1975. La imagen muestra una representación frontal del vientre de la artista sometido a una tortura física: Abramovic acaba de rasgar su anatomía dibujando una estrella de cinco puntas, la sangre comienza a brotar sin control, la artista aún conserva en su mano la cuchilla con la que ha ejecutado el corte.
El símbolo representado sobre el estomago posee fuertes connotaciones biográficas y alegóricas -no se puede obviar que la artista nace y crece en un contexto político vinculado al comunismo y este hecho marca de alguna manera su existencia. Abramovic ha reconocido cómo a través de este doloroso gesto, repetido en numerosas ocasiones a lo largo de su vida, sus tensiones vitales se relajan: en ocasiones la estrella se muestra invertida, en otras, adopta su disposición habitual.
La performance, The Lips of Thomas, fue desarrollada en la galería Krinzinger de Innsbruck (Austria) en 1975. Consistía en una acción de dos horas de duración, en la que Abramovic, sentada desnuda sobre una mesa, comía primero un kilo de miel con cuchara de plata, posteriormente, bebía un litro de vino tinto en un vaso de cristal. Una vez finalizado este proceso, la artista rompía el vaso, rasgando su estómago con una estrella de cinco puntas, al tiempo que comenzaba a azotarse violentamente hasta no sentir dolor. Después, la artista tendía su cuerpo boca arriba sobre una enorme cruz compuesta de bloques de hielo. Una estufa enfocada hacia su vientre hacía sangrar las heridas. Marina Abramovic permanecerá en esta posición durante treinta minutos, mientras su cuerpo comienza a congelarse, hasta que el público interrumpe la acción retirando los bloques de hielo situados bajo la artista.
El sentido de la pieza esta íntimamente ligado a la experiencia personal de la artista. Abramovic ha construido un entramado conceptual en el que los hechos biográficos, los símbolos -la cruz y la estrella- y su propio sufrimiento, se interpenetran y relacionan configurando una especie de sacrificio liberador en el que ella misma representa a la víctima y al verdugo. A.S.



EXPOSICIONES 2003

La Fábrica Galería, Madrid (España).



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

_Marina Abramovic. Artist Body. Performances 1969-1998, Charta, Milán, 1998, pp. 99-105 y 391 (il. c. de la realización de la performance)

_Marina Abramovic. The Bridge/El Puente , Generalitat Valenciana y Charta, Catálogo Valencia y Milán, 1998, p. 147 (il. c. de la realización de la performance)

_Everything that is interesting is new: The Dakis Joannu Collection Osfildern Ruit, Cantz, 1996, p. 26 (il. c. de la realización de la performance)

_Marina Abramovic. Objects, performances, video, sound, Museum of Modern Art, Catálogo Oxford, 1995, pp. 47 y 53 (il. b/n de la realización de la performance)

Marina Abramovic: Sur la voie, Editions du Centre Pompidou, París, 1990, p. 47 (il. b/n de la realización de la performance).

Pietà, 1993

FICHA TÉCNICA

Pietà, 1993

Color Cibachrome, 178,8 x 178,8 cm, Adquisición: Junio de 2003, Procedencia: La Fábrica Galería, Madrid (España), Edición: 1/3 + 4 P.A.
Esta fotografía de gran formato nos muestra otro momento puntual vinculado a una de las acciones de la artista yugoslava. En esta ocasión, se trata de Anima Mundi, una performance en dos partes que puede ser escenificada en diversos recintos y salas. Marina no está sola, aparece junto al que fue su acompañante durante un largo período de tiempo, el artista alemán Ulay.
La imagen reinterpreta uno de los grandes motivos iconográficos de la cristiandad, entroncando a su vez con la historia del arte. En la fotografía, perteneciente al "segundo acto" de la performance, la artista se presenta apoyada sobre una plataforma-escalera, vestida con un traje de color rojo que deja al descubierto sus hombros. Acoge en sus brazos a Ulay, todo de blanco, que deja caer el peso de su cuerpo sobre el regazo de Abramovi´c dibujando una "M". En la primera parte de la acción, sin embargo, los artistas habían reprimido su contacto físico, permaneciendo enfrentados cara a cara con los brazos abiertos.
Marina Abramovic interioriza y mixtifica símbolos universales en su particular lectura del mundo. Aquí, junto a Ulay, tomando un esquema visual heredado de la tradición cristiana, la artista organiza una impactante coreografía visual sobre los sentimientos humanos. A. S.

EXPOSICIONES 2003

La Fábrica Galería, Madrid (España)



EXPOSICIONES 2002

L´Hotel de Sully, París (Francia).



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

_Corpus Christi, les représentations du Christi en photographie 1855-2001, Press Marval, París, 2002, pp. 99

(il c.)

_ Marina Abramovic. Artist Body. Performances 1969-1998, Charta, Milán, 1998, p. 257 (il. c. de la realización de la performance)

_Modus Vivendi: Ulay y Marina Abramovic 1980-1985 , Stedelijk van Abbemuseum, Catálogo Eindhoven, 1985, p. 67 (il. c. de la realización de la performance).





Marina Abramovic es una artista de performance que investiga y explora los límites de lo psíquico y mental. En sus performance se ha lacerado a sí misma, se ha flagelado, ha congelado su cuerpo en bloques de hielo, tomando drogas para controlar sus músculos, con las cuales ha quedado muchas veces inconsciente, y hasta en una ocasión casi morir de asfixia recostada dentro de una cortina de oxígeno y llamas.


Sin embargo, los objetivos Abramovic poco tienen que ver con el sensacionalismo. Sus performances resultan una serie de experimentos que pretenden identificar y definir los límites en el control sobre su cuerpo; la relación entre el público con la performer; del arte y, por extensión, de los códigos que gobiernan la sociedad. Su ambicioso y profundo proyecto se encamina a descubrir un método, a través del arte, que haga a la gente más libre.

Muchas de las performances de Abramovic en estos 30 años han sido brutales y desconcertantes. Algunas de ellas concluyen sólo cuando alguien del público interviene. Buscando el límite en el cual el público comprueba su resistencia a atestiguar el dolor y el sufrimiento, Abramovic crea un punto de ruptura, marcando radicalmente las sensaciones del presente del espectador. Ella ha dicho: "Estoy interesada en un arte que perturbe y rompa ese momento de peligro; por eso, el público tiene que estar mirando aquí y ahora. Deja que el peligro te concentre; esta es la idea, que te concentres en el ahora".





Nacida en Belgrado en 1946, hija de guerrilleros yugoslavos, sus primeras performances fueron una forma de rebelarse contra su estricta educación y la cultura represiva del gobierno de posguerra de Tito. Como todo su trabajo, eran purificaciones rituales encaminadas a liberarla de su pasado. En 1975 Abramovic conoce a Ulay, un artista con quien tiene en común sus preocupaciones artísticas. En las siguientes dos décadas viven y colaboran juntos, realizan performances y viajan alrededor del mundo. Sus performances exploran los parámetros del poder y la dependencia dentro de la relación triangular entre ambos y los espectadores.
En 1977 realizaron una performance titulada Breathing in/Breathing Out, en donde unieron sus bocas con fuerza y pegaron micrófonos a sus gargantas, respirando el oxígeno de los pulmones del otro, hasta que al final -al límite con la asfixia- sólo intercambiaban dióxido de carbono. En otra, Rest Energy (1980), sostenían un arco tirante cargado con una flecha y apuntando al corazón de Abramovic, con sólo la fuerza de sus cuerpos manteniendo la tensión. Micrófonos grabaron la rápida aceleración del pulso de ambos.
Entre 1981 y 1987 Abramovic y Ulay hicieron una serie de performances acerca del mundo titulada "Nightsea Crossing", en la cual se instalaron como tableaux vivants en museos. En el último trabajo en conjunto, "The Great Wall Walk" (1988), caminaron 2.000 km a lo largo de la Gran Muralla China, comenzando cada uno en los extremos opuestos, encontrándose en el medio.
Abramovic se ha descrito a si misma como la "Abuela del Arte de la Performance". De aquella generación de artistas de los 70 quienes eligieron la performance como modo de expresión, Amabramovic es quizás la más activa actualmente. En 1997 mostró una video instalación y preformance, Balkan Baroque, en la Bienal de Venecia, y recibió el premio León de Oro a la mejor artista.





Exposiciones Individuales Destacadas
"Cuerpo artista -cuerpo publico", Museo de Arte Contemporaneo, Valencia, España, (exhibición itinerante), 1988
"Luminosidad", Galería Sean Kelly, Nueva York, (exhibición itinerante), 1997-98
"Entre medio", UTA, Dallas, (exhibición itinerante), 1996-97
"Marina Abramovic; Objects Performance video sound", Museo de Arte Moderno Oxford, Oxford, Inglaterra, (exhibición itinerante), 1987

Exposiciones Grupales Destacadas
"Máquinas de Sueño: selección, Susan Hiller", Camdem Centro de Arte, Londres, 2000
"Futuro, Presente, Pasado", XLVII Bienal de Venecia, Italia, 1997
"Festival Mundial de Video", Centro Mundial de Video, The Haque, Holanda, 1993
"Arte de Europa", (con Ulay), Instituto de Arte Contemporáneo, Boston, Usa, (exhibición itinerante), 1987
"Bienal de Venecia; Ambiente/Participación/Estructura Cultural", (con Ulay), Bienal de Venecia, Italia, 1976






Bibliografía destacada

Abramovic, Marina, Performing Body Marina Abramovic, Charta Edizioni, Milan, 1998

Landscape. The Trace of the Sublime, RieseKunsthalle zu Kiel, 1998

Out of Actions: Between Performance and the Object, 1949-1979, The Museum of Contemporary Art (MOCA), Los Angeles, 1998

Schneider, Rebecca, The Explicit Body in Performance, Routledge, London/New York, 1997

Ulay/Abramovic, Performances 1976 - 1988, Van Abbe Museum Eindhoven, Holland, 1997




Filmografía

Solo Performances, 1988-1998

Los Amantes, La gran caminata de la Gran Muralla, 1988

Serie de Video Continentales, 1983-1986

Mondus Vivendi, 1979-86

Antología de Performances, 1975-1980