Saturday, March 07, 2009

Ojos que se van, que no regresan... by La Tóxica.


marzo 4, 2009 - miércoles
Narración acreedora a una Mención Honorífica en el Certamen de Cuento de Morelia, Mich. 2002.
...Un cuento escrito hace más de 10 años...
...Un cuento que ahora es guión cinematográfico y en unos meses será Mediometraje...
...Un cuento con el que aún no saldo deudas y, tampoco, he cerrado un círculo...


Ojos que se van, que no regresan...
Heidy Cásarez
A Alex... y a unos ojos que inventaron mi abismo...



Ninguno de los clientes del restaurante se dio cuenta que te paraste de la silla y dejaste un billete en la mesa, abandonando rápidamente el lugar. El mesero se acercó a ti entregándote un papel, quedándose ahí hasta que terminaste de leerlo. -¿Quién lo envía? El mesero únicamente te respondió que le había dado órdenes de entregarlo para ti, a cambio de una buena propina, en calidad de urgente, una mujer de piel blanca y cabello negro. No imaginabas quién fuera esa misteriosa fémina que te pedía gentilmente que abandonaras el sitio y te dirigieras al callejón de atrás del restaurante.
Ya pasaban de las diez y por momentos dudaste en acudir a la invitación que te hacían por escrito. Sabías que tu cita de esa noche no llegaría. Ya había tardado más de media hora... Te decidiste y abandonaste el lugar volteando a ver al mesero que sólo guiñaba los ojos en señal de conspiración.
Saliste del lugar y el sonido de tus pasos se aproximaba cada vez más al callejón. Yo te miraba desde lejos cómo balanceabas la cabeza y tu mano hacía sombra en tu frente para poder distinguir a la persona que te esperaba.
Esas fueron las señas particulares que el empleado de aquel restaurante te dio, sólo que no las familiarizabas con nada, con nadie. Tu cuerpo quedó a un lado de una portezuela en la que yo me escondía. El fétido olor de la basura te hizo retroceder algunos pasos hasta que tu cuerpo sintió mi presencia. -Buenas noches, Aleksei, qué gusto volver a verte después de diez años... Tu rostro se perdió en mis palabras y tus ojos me miraban fijamente. -¿Leonor?... -Sí, la misma que aún no te olvida... Perdona si te saqué de tus pensamientos y de tu cita en aquel restaurante, pero no encontré otra forma para que acudieras a mis llamados. He insistido bastante por teléfono y parece ser que has cambiado de línea. Aleksei no dejaba de contemplarme con asombro y a la vez con terror musitando unas palabras: -no pensé encontrarte nuevamente. Tenía la idea que habías partido a otro país. No creí volver a verte jamás... El presagio de Aleksei no significaba otra cosa que el deseo de realmente no volver a verme. -Ah, entrañable Aleksei, jamás digas jamás, recuerda que esa palabra no estaba permitida en nuestro léxico.La noche exhalaba un vientecillo de crueldad que se revelaba en la piel de Aleksei al rozar sus brazos con cierta insistencia. -Será mejor que entres a mi auto sino una pulmonía te tendrá en cama los próximos días... Su cabeza me indicó sutilmente una respuesta negativa pero lo tomé del brazo y lo conduje a mi auto. -¿Qué es lo que quieres, Leonor, por qué me buscas? -Oh, niño de mis recuerdos, no preguntes nada y entra al auto. En el camino te contaré porqué estoy aquí. Por unos instantes, Aleksei dudó y, mirándome con esos ojos de inmensidad, con esos ojos de siempre, entró al coche tomando el lugar de copiloto. Cogió el cinturón del auto y se lo abrochó mientras me observaba. -¿Qué es lo que realmente quieres, porqué después de diez años vuelves a aparecer en m vida? Mis dedos se posaron en sus labios interrumpiendo su pregunta. Tomé las llaves y encendí el auto. Un intenso exhalo se escapó de mi boca y, cerrando por unos segundos los ojos, emprendimos la marcha.-Iremos a mi casa, le dije mientras él observaba por el parabrisas el camino. -¿A dónde vamos, Leonor? -A casa, te he dicho que a casa. Tomaremos una copa y después veremos qué dicta la noche. Seguramente estaremos despiertos hasta muy tarde, y al amanecer te traeré de regreso a la cuidad... -No es confiable que vivas a las orillas de un pueblo donde la incomunicación es el principal inconveniente, me dijo el que algún día dejó de ser el niño de ojos de miel para convertirse en el adulto de voz gruesa y manos inalcanzables.
La carretera era estrecha. Más de dos vehículos nos orillaron tocando el claxon. Aleksei se aprehendía del asiento mientras me pedía que disminuyera la velocidad. -No temas, querido, ya hemos llegado a casa. Estacioné el auto y salí preguntándole si no pensaba acompañarme. -¿Aquí vives? -Sí aquí vivo, vivo sola, como siempre... -Esta casa es demasiado grande para una mujer como tú, observó. -¿Tienes sirvientes, y tus hijos? -No, no hay sirvientes, ni hijos, únicamente Ximox, mi gato que me acompaña. Pasa al salón grande. Yo serviré las copas. Brindaremos por estos años en que no te vi.Aleksei observaba detenidamente cada rincón de la vieja casona en la que yo me arrendaba. Me dirigí a la cocina y tomé unas servilletas del cajón de la alacena. Por un momento me detuve y pensé en que un cuchillo me sería de mucha utilidad para refrendar mi empresa. Coloqué el arma en la charola donde serviría las copas, debajo de las servilletas. -¿Qué tanto observas esa pintura? Le pregunté a Aleksei mientras me aproximaba al salón grande y servía dos copas con licor de las viñas más exquisitas de Austria. -Seguramente esta obra la obtuviste en tu viaje por París, ¿verdad? -No, realmente la compré en un bazar de arte que el museo estatal de Viena ofertaba. Me acerqué a él y, en vez de contarle un poco más de la obra, me dediqué a respirar de su perfume, del olor de hacía diez años. Él sólo sostenía la copa con sus manos temblorosas sin dejar de mirar la obra vienesa. -Hace tanto tiempo que no respiraba ese olor a invierno que tus poros destilan. Le dije a mi viejo amigo que se retiraba poco a poco de mi presencia... -¿Y bien, Leonor, a qué me has traído a tu casa, qué quieres de mí? -Vamos, no temas, querido mío. No hay razón para que tomes esa actitud. Ven, siéntate a mi lado y descansa. Seguramente te extrañó tanto que haya ido a buscarte que el pensarlo tanto te ha agotado. Una leve sonrisa se escapó de sus labios y creí que era buen momento para tomar sus manos entres las mías. Lo hice y me evadió ocupándolas con la copa. Sólo rendí mi vista hacia el suelo y por un momento guardé silencio.-¿Qué ocurre, Leonor? -Oh, Aleksei, pienso que, tal vez, no había un motivo real para haber ido a buscarte al restaurante. Quizá fue más la curiosidad que el deseo de verte y saber si tus ojos eran los mismos de hace diez años, de respirar tu olor y de palpar la inocencia que aún conservas después de tantos años en que no te vi... -¡Vamos, Leonor, ha pasado mucho tiempo y aún recuerdas eso! -Sí, Aleksei, pero más que recodarlo lo llevo conmigo siempre. Si supieras cuánta falta me hacía revivir lo que un día fue más mío que tuyo.Aleksei dejó la copa en la mesa del centro y se sentó a mi lado. Tomó con sus manos mi cara y, cuando frente a frente quedamos, comencé a acariciar su rostro que aún guardaba la ingenuidad del pasado. Acerqué mis labios a los suyos y besé su sonrisa que me hacía tanta falta, que echaba de menos, que nunca había besado... El tierno niño de doble edad jugueteaba con mis cabellos y sus dedos recorrían mi cara.
Esa noche fue el delirio de unos cuantos pensamientos pasados y pretexto para volver a tocar su rostro en medio de la miel que destilaban sus ojos... Ya habían pasado horas desde que Aleksei y yo nos habíamos vuelto a reunir. Tiernos abrazos, efusivas caricias y algunas copas propiciaron que el niño de apacible sonrisa quedara dormido en el sillón, recargado en mi hombro. Tomé su cabeza y la apoyé en lo largo del sofá. Me hinqué ante su imagen y mis manos comenzaron a recorrer su cabello, a repasar, a ojos cerrados, la estructura de su boca, de su nariz, de su frente, de sus sueños. Dormía tan tranquilamente que su rictus de ensueño me hacía desistir por momentos de mis turbadas intenciones.
-¡Cómo puedo hacerle eso si nunca dejé de amarlo!, ¡cómo puedo asesinarlo si tal vez, después de esta noche, él quiera quedarse a mi lado por el resto de sus días! ¡He esperado tanto tiempo para verle y ahora que le tengo aquí, conmigo, tengo que ver su muerte! Pero no, ya no hay marcha atrás... han pasado muchos años y en cada segundo, cada minuto, pensé que sería mejor tenerlo por siempre para mí antes de que volviera a irse, antes de que no le volviera a ver a los ojos.
Coloqué sus manos sobre su pecho. Me paré de frente suyo y caminé hacia la mesa en donde había colocado la charola. Debajo de las servilletas estaba el cuchillo. Por un instante pensé en despertarlo y pedirle perdón por mis irascibles y absurdos deseos, por querer pecar en obra y omisión. ¡No podía desistir! Ni el inmenso amor que sentía a más de diez años me disuadió de tal obsesión. Al final tomé el cuchillo y volví a hincarme frente a él...
-¡No puedo hacerlo, no puedo matarte, no puedo sacarte los ojos, no puedo robarte la inocencia, no puedo beber tu olor!...Al amanecer, Aleksei abrió los ojos. Unos ojos que vieron cómo los míos ya no estaban ocupando sus orificios oculares, cómo mi rostro se desangraba y en él se perdían algunas lágrimas derramadas esa madrugada... -¡Cómo has podido hacer eso, Leonor! El desesperado Aleksei tomó el cuchillo y repitió el mismo ritual de dolor.
Noches más tarde, la policía nos encontró juntos, con una expresión tranquila en el rostro, y sin ojos... -Debieron ser los cuervos. Mencionó el forense antes de colocar los ojos de Aleksei en una bolsa de plástico. Mis ojos, que rodaron cuando el cuchillo tomó ventaja y los desprendió de mi faz, quedaron debajo del sillón donde esa noche besé la sonrisa más tierna de Aleksei. Desde ese rincón, mis ojos vieron cómo los de Aleksei se iban, cómo se alejaban una vez más de mí.
tomado de:

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